Hugo Mancuso - La anomalía sociocultural
La República Argentina que se acercaba al centenario de su independencia era un país pujante, no era un país sin miserias, sin brutales represiones obreras, sin contradicciones, sin sangre (ninguno lo era, ninguno; incluso hoy lo es). Sin embargo, era sí un país que había logrado producir una (auto)reforma política sin precedentes en la historia moderna: la avanzada Ley Sáenz Peña, por la cual se otorgaba el sufragio universal, secreto y obligatorio a la totalidad de la población masculina (Ley 8.871 de 1912).
Ese mismo país había desarrollado un programa de alfabetización masiva que ya desde la reforma educativa implementada por Domingo F. Sarmiento durante su presidencia (1868-1874) y la sanción de la Ley 1420 de "educación común" del 8 de julio de 1884, reafirmaba el principio integrador y necesario de la educación básica, obligatoria, universal, laica y gratuita.
Por otra parte, a partir de las revueltas estudiantiles de Córdoba y otras ciudades del país, se aprobó la Reforma Universitaria (1918), por la cual se instauraba el cogobierno de la Universidad, confirmándose el carácter nacional, público y gratuito de la enseñanza superior, reforma modelo y ejemplo en el continente americano, con lo que indirectamente se garantizaba el ingreso a la misma de los vastos sectores medios de la población.
Esta tendencia reformista y democratizadora de la sociedad argentina de la época se completó con otras, de carácter más técnico y económico, que tuvieron sin embargo repercusiones sociales y culturales trascendentales y que completaban naturalmente la reforma educativa emprendida en el siglo XIX. Ante todo, la sanción en diciembre de 1901 de la Ley 3.948 de Servicio Militar Obligatorio, a propuesta e iniciativa del teniente general Pablo Ricchieri (1859-1936), cumplía con la importante función de integrar a cientos de miles de jóvenes hijos de inmigrantes provenientes de todo el mundo, dotándolos de un minimum de valores nacionales y ciudadanos comunes. Esta Ley, a su vez, cumplía con los objetivos estratégicos de dotar al Estado de un ejército moderno y dinámico de leva de ciudadanos, a los que se les reconocía el deber y el derecho de defender a su país. Por otra parte, el Servicio Militar Obligatorio, además de integrar a la población, servía como complemento y reaseguro del cumplimiento de la Ley de Educación obligatoria, y como efectivo control sanitario: el conscripto eventualmente podía finalizar sus estudios primarios así como posibilitaba un control de su salud en la revisación médica obligatoria, lo disciplinaba socialmente y ocasionalmente podía integrarse definitivamente como soldado profesional o suboficial.
No menos importante fue una serie de medidas económicas trascendentales, empezando con el descubrimiento y nacionalización de los yacimientos petrolíferos por Decreto del presidente Figueroa Alcorta del 14 de diciembre de 1907. Posteriormente, durante la presidencia de Yrigoyen se crea la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) por iniciativa del general Enrique Mosconi (primer presidente de YPF, cargo que ocupa ininterrumpidamente hasta 1930), hecho que tuvo una repercusión económica trascendental no sólo para el desarrollo del país, sino también para el desenvolvimiento de su estructura social y para la conformación de su mentalidad. Esta empresa, símbolo y orgullo de la industria nacional durante el siglo XX, fue la primera de una serie de empresas similares que tendieron a lograr la explotación y desarrollo de recursos estratégicos esenciales para el desarrollo autónomo del país: gas, carbón, hierro, electricidad, flotas mercantes (fluvial y maritima), represas hidroeléctricas, altos hornos, acerías, ferrocarriles, fabricaciones militares (desde armamentos a carros blindados), aviones, líneas aéreas, astilleros, hasta llegar a uno de los primeros planes nucleares del mundo, cronológicamente y en importancia relativa, ya en la década del cuarenta.
Esta tendencia, que pretendía dotar al país de total autarquía, no hace más que coronar el rumbo ya iniciado en el siglo XIX, consistente en desarrollar el Estado a partir de una red básica de comunicaciones (ferrocarriles, telégrafos, rutas, comunicaciones), con el fin de integrar su vasto y disímil territorio y principalmente sentar las bases que posibilitasen su efectiva ocupación territorial.
Lo más interesante, por otra parte, es que durante aproximadamente unos cien años, desde 1860 hasta 1960, prácticamente no se discutió seriamente este modelo de desarrollo nacional. Puede decirse que este esquema, al menos esencialmente, fue aceptado en su generalidad por las presidencias históricas que lo impusieron y conformaron en su primera versión (1860-1880), por la Generación del '80 que lo profundizó y perfeccionó (1880-1916), у por los gobiernos radicales (1916-1930), conservadores, peronistas y militares", por lo menos hasta mediados de siglo.
El plan de desarrollo autárquico, económico, social y cultural, fue reconocido como una política de Estado durante este período con un notable consenso en la población, hasta el punto de no ser seriamente cuestionado en casi ningún ámbito. Y, a su vez, se lo veía complementario de un comercio exterior abierto para todo aquello que fuesen bienes de intercambio no estratégicos, tal como había sido concebido por los liberales del siglo XIX, particularmente Juan B. Alberdi.
Este plan de desarrollo, estratégico, esta política de Estado de desarrollo nacional, tenida en el contexto de una notable apertura demográfica a las más dispares etnias del globo, posibilitó un crecimiento sin precedentes de la sociedad argentina, dotándola de una identidad y de una mentalidad nacional propia.
Repetimos: sin idealizar este proceso, es cierto -sin embargo- que la Argentina de fin y principio de siglo (ca. 1870-1930), la Argentina cosmopolita, era una sociedad que, no sin conflictos y luchas laborales y sindicales a veces brutales por la distribución de la riqueza -represión del Centenario, Semana Trágica (1919), huelgas de trabajadores rurales en la Patagonia (1920-21)-, estaba encaminada a convertirse en una potencia mediana, de segundo orden (equivalente en un todo a Canadá o Australia), afirmando una hegemonía regional sólida, basada no tanto o no solamente en su superioridad militar, sino primordialmente por su supremacía regional, económica, y principalmente científica, cultural, artistica y educativa.
Buenos Aires era la meca de esa nueva cultura argentina, koiné sudamericana: hispanocriolla, aborigen, mulata, galo-italiana, germánico-británica, judía, sirio libanesa, turca...
Esa potencia regional en irrefrenable crecimiento y expansión, que no quería renunciar a explorar ningún ámbito de la realidad (no sólo económicos, científicos, artísticos y culturales varios, sino también proezas deportivas, aventureras, exploraciones, descubrimientos) en consonancia con las principales tendencias políticas, sociales y comerciales del momento, y que tampoco renunciaba a un modelo de país autónomo y con una cultura que se había convertido en un crisol que daba al mundo numerosos logros intelectuales y humanos ejemplares, parecía haber encontrado un estilo propio en un eclecticismo auto-reconocido que comenzaba a convertirse, por ello, en estilo, en nueva nacionalidad.
Esa Argentina a la avanzada de la cultura iberoamericana, hermana mayor de Brasil y México, hija notable del imperio español, que podía mirar con clemencia a su Madre Patria envejecida, que acogía a los sobrantes poblacionales del primer mundo, poseía los mayores diarios en lengua española, comparables a los principales diarios del mundo, con una producción cultural de vanguardia, y acogía las tendencias culturales en boga en el mundo para reelaborarlas sincretizándolas con tendencias autóctonas, indigenistas o criollistas: tanto en literatura, como en escultura, en pintura y en música e incluso en ciencias naturales.
Esta Argentina en los primeros años del siglo XX había iniciado las primeras exploraciones y campañas en el continente antártico, y poco después (el 1º de diciembre de 1913) inauguraba en Buenos Aires una de las primeras redes de trenes subterráneos del mundo y la primera de América Latina de todo el Hemisferio Sud.
Estos datos son hasta tal punto ciertos que a principios del siglo XX, el artista que quisiese consagrarse mundialmente debía pisar por lo menos Buenos Aires, y tal vez también Rosario o Córdoba. Testimonio mudo de ello lo constituyen los numerosos teatros de la época, gigantescos como el Colón, tradicionales como el Coliseo, innumerables como los que se encontraban en las Asociaciones de Socorros Mutuos, algunos notables como el famosísimo Teatro Roma de la ciudad de Avellaneda.
Esa sociedad estaba plagada de inquietudes. Posibilitaba el desarrollo de pioneros de la aviación -como Jorge Newbery o el teniente Manuel Félix Origone- o del cinematógrafo, de inventores notables aunque incomprendidos -como Ladislao Biró (1928) y su insólito "bolígrafo"-, y producía notables productos culturales de frontera, como el tango, de raíz criolla, con elementos europeos (italianos, alemanes, españoles) con poesía en dialecto vernáculo y cantado, incluso a veces en idish..., y se permitía también cultivar, con ductilidad increíble, otros productos culturales de frontera como el jazz afro-americano.
Asimismo, esa misma cultura en expansión y abierta a las más variadas tendencias culturales mundiales permitía y estimulaba los conflictos sociales y las luchas obreras por una mejor distribución de la riqueza y mejores condiciones de trabajo, encarnadas en las disputas anarquistas, socialistas y sindicalistas que con resultados variados materializaban una posibilidad de cambio y mejora social, más o menos gradual, a vastos sectores de las masas trabajadoras.
Desde nuestro punto de vista, la existencia de un, a veces, crudo conflicto social y de luchas sociales y obreras no refuta sino que confirma nuestras hipótesis: sólo una Argentina en crecimiento, "anómalamente" positiva, creadora, democrática, podía permitir y estimular el conflicto sindical. Los grupos anarquistas, los sindicalistas acuerdistas o "criollistas", los grupos obreros cristianos o el Partido Socialista tenían objetivos muy "modernos" y "evolucionados" para la época, y no simples reivindicaciones de coyuntura. A diferencia de otros movimientos insurreccionales latinoamericanos, explicados prioritariamente como reacción contra la explotación y la miseria extrema, en la Argentina cosmopolita se luchaba por reivindicaciones laborales de segunda generación, tales como los descansos dominicales, el sábado inglés, la jornada laboral de ocho horas, la estabilidad laboral o la seguridad y asistencia social.
Esta sociedad, de síntesis hispano-criolla y europea, tomando conciencia de sí, se permitió elaborar una teoría estética propia, justificadora de su notable originalidad cultural tempranamente reconocida: Eurindia (1924) de Ricardo Rojas encarna un insólito ejemplo de automodelización justificativa y pedagógica de esta compleja cultura floreciente y optimista, tratando de destacar su originalidad y potencialidad, y la justificación incluso de su notable desarrollo y su promisorio porvenir... a condición de ciertas rectificaciones obligadas*.
Hugo Mancuso.
* "La restauración nacionalista (1909 [1922]) representa, asimismo, junto con Eurindia (1924), también de Ricardo Rojas, el primer indicio, todavía no subsanable por cierto, de arrepentimiento, fractura y primeras dudas sobre el destino de esa sociedad (argentina) cosmopolita. Rojas representa el primer límite, el primer indicio, el primer signo de arrepentimiento o de temor de la clase dominante ante tal explosión y expansión de esa cultura irrefrenable y creadora. Rojas intenta comprender y salvar el modelo; sin embargo sus límites -ideológicos y de clase- le impiden comprender, y en cierta medida son el primer indicio del drama argentino y el primer desplazamiento de la concepción positiva de la anomalía a su versión negativa: el potencial argentino, lo que había hecho grande a la cultura argentina, comienza a ser visto como la causa de sus males, ocultando y mistificando los verdaderos intereses de la hegemonía, a saber, el temor por perder el control del poder y la concentración de la riqueza. Ese temor comenzará a desarrollar, muy tímida pero sostenidamente, una desconfianza primero y una crítica después al modelo productivo nacional, y a la sociedad cosmopolita en general, situación aprovechada por algunos elementos intransigentes y reaccionarios "castizos" y algunos extremistas utópicos clasistas e internacionalistas, para socavar el modelo productivo nacional y cultural cosmopolita. A ello se suma (hacia 1950) una nueva generación autodenominada neoliberal, de extracción interclasista, que comienza a socavar el esquema productivo nacional, no para su reforma sino para su total desmembramiento, proceso que se acelera a partir de los años 70 y que culmina en la década del '90 con la total liquidación del patrimonio estatal nacional, encarnado en las empresas públicas y endeudando de modo irracional, innecesario y fraudulento al Estado argentino. Ese proceso se completa, paradójicamente, con la afirmación de una política y una teoría cultural posmoderna que, en nombre de la desterritorialización y el nomadismo, justifica la absoluta obsolescencia del concepto de nacionalidad y de identidad, teoría cultural presentada como "progresista", pero que encarna una concepción fuertemente reaccionaria por ser funcional a las teorías del desmembramiento económico y globalización transnacional. Es decir que cierto progresismo cultural de los años '80, '90 y 2000 complementa el programa de destrucción y desmembramiento del sistema productivo argentino, fundado en las presidencias históricas y mantenido como política de Estado, con ciertos altibajos, hasta 1970. La destrucción económica del país se complementa con la destrucción cultural de su identidad, en nombre de los derechos individuales, ambientales o multiculturales. La paradoja mayor es que en gran medida el autodenominado "progresismo" es funcional al más retrógrado capitalismo internacionalista y a las corporaciones abstractas que manejan impiadosamente el comercio y la economía internacional."
(Hugo Mancuso, La anomalía sociocultural argentina contemporánea. Ascenso y decadencia de la Argentina cosmopolita, 2006)
***
